 |
| Detalle
de la portada. |
Álbum
de la iglesia de San
Juan del Mercado (Benavente) |
|
BENAVENTE
Sobre un promontorio vigía
de las fértiles vegas
del Órbigo y el Esla,
en su presentido hermanamiento,
jalón de la Ruta de la
Plata y puerta hacia Galicia,
Benavente fue y es importante
nudo de comunicaciones.
Aunque su origen es castreño,
en lo que a la época
medieval se refiere su poblamiento
consta desde una mención
documental de 1115, conociendo
los nombres de sus tenentes
en los años que siguen.
Llamábase Malgrat o Malgrado
hasta 1168, cuando torna su
denominación por la actual
de Benavente (Beneventum). Recibió
el impulso de la repoblación
por el rey leonés Fernando
II ya en la segunda mitad del
siglo XII, con la condición
de importante baluarte de la
frontera media del reino frente
a Castilla. Gozó de fueros
inspirados en los de la capital
en 1164, renovados por el citado
monarca tres años más
tarde. A partir de entonces
se produjo la articulación
del núcleo urbano, sumando
a los contingentes del alfoz,
leoneses, asturianos, gallegos
y francos, organizados en collationes
o barriadas: la de San Martín,
San Juan del Mercado, Santa
María del Azogue, San
Andrés, San Salvador,
Santa María de Ventosa,
San Miguel, Santa María
de Renueva, el Santo Sepulcro
y Santiago. El esplendor de
Benavente, cuyo arciprestazgo
dependió de la diócesis
de Oviedo hasta 1954, fue refrendado
por la celebración de
sendas Cortes, en 1181 y 1202.
Luego vino un cierto decaer
tras la unificación de
los reinos, al que siguió
un renacimiento a partir de
1285, en la época de
Sancho IV.
Iglesia de San Juan
del Mercado
Junto a la magnífica
iglesia de Santa María
del Azogue, la actual parroquia
de San Juan del Mercado es el
edificio románico más
destacado de la ciudad y uno
de los mejores de la provincia,
sito en el centro del casco
antiguo, entre la Plaza de San
Juan y la Calle de la Encomienda,
evocadoras denominaciones que
recuerdan la condición
del edificio y hospital sanjuanista.
Fundado hacia 1166 con notable
ambición por la noble
Aldonza Osorio, hija de los
condes de Villalobos, el notable
proyecto padeció de tan
altas miras, debiendo la dama
pronto recurrir al apoyo económico
de la Orden de San Juan de Jerusalén,
para quien fue acometida la
promoción, según
consta en un acuerdo entre ambos
de 1181. La obra románica
se extendió más
de lo previsto en el tiempo,
comprendiendo desde la primera
fecha citada, donde se avanza
en la zona de cabecera, hasta
ya entrado el siglo XIII. Una
nueva paralización dejó
el templo inconcluso hasta finales
del siglo XV y principios del
XVI, según reza un testimonio
epigráfico del interior.
En 1702 se documenta un hundimiento
de la iglesia, que debió
afectar básicamente a
las cubiertas de las naves.
Entre esa fecha y 1704 se actúa
en su reparación, aunque
finalmente, en la segunda mitad
del siglo XVIII, se decidió
y acometió la sustitución
de la armadura por arcos y bóvedas,
realzándose los muros
laterales mediante ladrillo,
eliminándose la espadaña
que se alzaba sobre el hastial
occidental y levantándose
la actual torre de ladrillo
que se yergue sobre el tramo
recto del ábside de la
epístola. Por último,
el conjunto fue restaurado con
discutible criterio historicista
a principios del siglo XX.
Tan torturada historia, sin
embargo, no empaña la
innegable belleza de la construcción.
Levantada en sillería,
posee estructura basilical,
con cabecera triple de ábsides
semicirculares abovedados y
tres naves divididas en cinco
tramos y separadas por pilares
cruciformes, éstas las
más castigadas por las
ruinas y reformas. Cuenta con
tres portadas románicas,
emplazadas al norte, oeste y
sur, siendo ésta última
la más monumental, abierta
a la calle de la Encomienda,
y una de las obras señeras
del tardorrománico zamorano.
Muestra estatuas columna como
soportes, ornadas con personajes
del Antiguo Testamento, que
enlazan mediante la figura de
San Juan Bautista con el neotestamentario
asunto de la Epifanía
que campea en el tímpano,
sostenido éste por mochetas
con las figuras de San Mateo
y San Lucas y rodeado en la
arquivolta con temas del ciclo
de la Infancia de Cristo.
Arquitectónicamente
se ha de señalar su proximidad
con el vecino templo de Santa
María del Azogue, aunque
plagada su decoración
de ecos gallegos y asturianos.
Sobre la rehecha fachada occidental
campea, bajo el óculo
que da luz a la nave, el escudo
real con la cruz de Malta acolada
del infante don Gabriel, hijo
de Carlos III y prior de la
Orden de Malta.
Texto y fotos: José Manuel
Rodríguez Montañés
<<
volver
|